Elegir, optar, decidir es algo que realizamos cotidianamente. Optamos entre una amplia cantidad de alternativas: consumimos productos distintos, decidimos que película ver, si jugar o no al tenis, ver televisión o no, etc. Cuando realizamos distintas elecciones y tomamos decisiones lo que hacemos es poner en juego nuestros comportamientos emocionales y racionales.
Las decisiones forman parte esencial de nuestra vida. Cuando un consumidor encuentra el producto de su interés, en el cerebro se activa la zona emocional que espera una recompensa. Cuando mira el precio se activa el sector racional que hace los cálculos de costo-beneficio.
Casi nunca analizamos fríamente los hechos. Siempre el primer impulso que tenemos es actuar de manera irracional cuando vamos a tomar una decisión. El primero en reaccionar es el cerebro emocional pero la corteza frontal, donde está la parte racional, se encarga de detener ese primer impulso, filtrarlo y luego actuar.

En este cotidiano juego de decidir, lo que determina nuestro accionar es la recompensa, ya sea física o sicológica, que esperamos recibir de la elección hecha. Aquella gratificación que la persona deseaba, es representada por un conjunto de atributos tangibles y no tangibles que terminan conformando el concepto final en nuestra mente.
En la educación también.
Herman Bustos – Chile
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